FOTO: Sergio Placido

La Güera, crecer a través del muro

Tiempo de lectura: 3 minutosA través del muro, el apoyo de su padre y sus amigas, La Güera aprendió a ver sus caídas desde una perspectiva diferente, dejando de temerle sin dudar en volver a levantarse

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FICCIÓN

El padre se sienta a un lado de la manta negra que los separa, no se pueden ver, ni hablar, pero él estira la mano y ella, La Güera, de apenas quince años, la sujeta con fuerza. Es una niña, porque sus facciones son así, pequeña escuálida, larga, con su mirada ya de mayor al escalar en la competencia juvenil anual en Motion Boulder, Get It. La Güera al otro lado de la manta, llora inconsolable.

Ella intentó una decena de veces equilibrarse y saltar al bloque azul que parecía arrojarla, y la hacía caer una y otra vez por cinco minutos, el primer pegue de la sesión que le diera puntos para esa medalla. Bajó de la colchoneta y lloró camino hacia las escaleras de caracol. Subió y entró a la zona de enfriamiento con su carita enrojecida.

La Güera
FOTO: Sergio Plácido

Su padre, de barba y arete en la oreja, antes de llegar a las escaleras la interceptó por un instante y le abrazó, ella siguió y subió a la zona, donde se concentran todas las competidoras. Él se tocó el pecho, miró hacia el cielo, se acarició la barba desesperado y giró la cabeza negando su desesperación. No podía, no debía sentir, reaccionar, no puede protegerla.

La Güera en la siguiente ronda de pegues sale de la zona de enfriamiento con los ojos llorosos, y vuelve a escalar. Algunas veces acierta, llega a la zona, otras cae, y cae y cae; y antes de que se escapen esos segundos del pegue, la Güera lo consigue, logra el top con las dos manos y recibe gritos y glorias y ese camino rasposo, se llena de felicitaciones, algunas de sus más duras compañeras. ¡Vamos Güera! ¡Vamos Güera!, Bien, lo lograste. Ella baja a la colchoneta y camina concentrada a las escaleras de caracol. Escalar es tal vez el único deporte donde tus contrincantes te apoyan, te felicitan al caer, te motivan al intentar escalar esa ruta, ese breve, muy breve camino hacia arriba.

El padre de la Güera vuelve a acercarse a la zona de enfriamiento pero ella ya no se acerca a la manta negra ni busca la mano de su padre. Güera ya le ha soltado, ella bajó de la zona de enfriamiento y terminó su ronda de competencia. Perdió el podio de ganadora, aunque sus fans, sus amigas con quienes entrena cada día ahora la consuelan, vuelve a llorar, le hacen reír, la animan y se quedan de ver mañana, y en unos días después de terminar las asignaciones de la escuela, y seguramente a mitad de semana, La Güera ya estará lista para seguir brincando, colgándose más fuerte, entrenando con más seguridad y sobre todo, con la certeza de que duele, siempre duele, en los pies y las manos, cuando se erosionan y se yagan hasta sangrar, pero aprendió rápido que sanan, y curan y ríen.

Al dejar el muro, La Güera se ven tan niña, sus facciones cambian, su mirada está fija en ese movimiento que no logró y lo repasa en la mente, como una jugada de ajedrez, ella intentará en la semana ese bloque en el que cayó una, dos, cinco, seis veces. Sus manos serán más seguras, sus piernas estarán más ágiles y elásticas. Crecer nunca pasa por cuan atractiva eres o dejas de ser, sino porque tan rápido te recuperas de una caída y caer, equivocarse y volver a intentarlo, es lo único seguro en su futuro.

Caer, y volver a intentarlo. Su padre no lo sabe, pero él ya no estará para cuando necesite la Güera volver a levantarse. ¡Vamos Güera!, le grita una contrincante que es su mejor amiga. 

FOTO: Sergio Placido

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