Festival Zanate: Colima se reinventa a través del cine
Tiempo de lectura: 5 minutosEl Festival Zanate de Cine Documental Mexicano llega a su 18ª edición consolidado como uno de los proyectos culturales más auténticos y singulares del país.
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En el corazón de Colima, donde el ritmo cotidiano convive con la calma del Pacífico y el eco de los volcanes, el Festival Zanate de Cine Documental Mexicano llega a su 18ª edición consolidado como uno de los proyectos culturales más auténticos y singulares del país. No hay alfombras rojas ni luces de glamour: hay historias, comunidad y verdad. Y, sobre todo, una forma muy colimense de mirar el mundo. Este año se celebrara del 16- 22 de noviembre.
Cuando Carlos Cárdenas fundó el festival en 2008, no imaginaba que casi dos décadas después el Zanate se convertiría en el único festival dedicado exclusivamente al documental mexicano. En sus palabras, nació “sin la pretensión de ser un festival, sino como una forma de mantener el vínculo con el terruño”. Él había dejado Colima para trabajar en Guadalajara, y aquella primera muestra, de apenas cuatro películas, fue casi un acto de nostalgia.
Las funciones se proyectaron en la Pinacoteca Universitaria, un espacio que pronto se llenó de público. “La gente iba a ver películas de estudiantes, y eso les movía cosas”, recuerda. “Nos dimos cuenta de que había un público ávido de otras narrativas, que buscaba verse reflejado en historias reales, en su gente, en su entorno”.
De esa iniciativa nació un Zanate que no ha dejado de volar. Lo que comenzó como un encuentro local de tres días se transformó en un punto de referencia nacional para la no ficción mexicana, demostrando que desde un lugar recóndito, muchas veces considerado periférico, pueden nacer los proyectos más sólidos y entrañables del país.
Cárdenas habla de Colima como un espacio alejado, aprovechando el territorio y la periferia para levantar un festival, que parece una locura, pero también donde la cercanía humana crea algo irrepetible.
Nuestro público empezó justo a abrazar los proyectos con muy pocas pretensiones, digamos, generando otro tipo de diálogos y otro tipo de preguntas que tenían que ver más con lo que generaba esas películas a nivel emocional, a nivel humano.
Esa virtud de la distancia, estar lejos del ruido de las grandes capitales, permitió que el festival se cocinara a fuego lento, con alma artesanal. Zanate no busca ser más grande, sino más profundo. “Nuestro formato no empalma actividades, no queremos crecer en tamaño, sino en calidad, para generar nuevas conversaciones y más frescas; somos un festival de comunidad” explica Cardenas.
En Colima, los asistentes y creadores se metatizan en las bancas de un parque o pueden compartir un café después de una función, y debatir una película bajo los árboles. La experiencia es más que cinematográfica: es una celebración de lo que significa mirar y escuchar.
La Selección Oficial 2025 presenta 28 películas que recorren el país de norte a sur, de Mexicali a Chiapas, de Yucatán a Jalisco, trazando un mapa emocional y político de México contemporáneo. Son historias sobre la defensa del territorio, la violencia, las identidades de género, los vínculos familiares y los sueños colectivos.
Entre ellas destacan “Ángeles FC”, “Boca Vieja”, “Llamarse Olimpia” y “En el fin del mundo”, todas obras que reflejan la diversidad, el compromiso y la sensibilidad de una generación que entiende el documental no solo como registro, sino como acto de resistencia y creación.
Zanate ha sido también semillero de nuevos talentos gracias a su Residencia Zanate, donde se forman y acompañan proyectos que luego integran la competencia oficial. De este modo, el festival cierra un ciclo completo: formación, creación y exhibición, construyendo una comunidad que crece con cada edición.

Cárdenas habla del documental como una forma de “tratamiento creativo de la realidad”. En su mirada, el auge del género no es casualidad, sino el reflejo de una época en la que lo real ha cobrado más valor que nunca. “El documental mexicano ha pasado de ser un nicho académico a una necesidad social. Es una manera de hablar de nuestros entornos, de narrarnos sin filtros”, comenta.
El avance tecnológico, las cámaras digitales, los celulares, los drones, ha permitido que más personas cuenten sus historias. “La mirada ya no depende del revelado ni del laboratorio. Ahora es más democrático, y se puede registrar y narrar su realidad”, dice. Pero más allá de los medios, lo que importa es el cómo. En Zanate, la tecnología es un vehículo, nunca protagonista.
El resultado es un panorama cada vez más plural, donde las voces emergentes dialogan con los maestros del género. El festival ha visto pasar nombres como Abraham Escobedo, Tania Ximena o Yovegami Ascona, quienes regresan a Colima con nuevas obras, demostrando que el documental mexicano es un territorio en expansión y constante reinvención.
Tratamos de que el festival en sí sea una experiencia para celebrar, y cuestionar lo que somos como individuos y como sociedad a través del cine y en frente de una pantalla
Quien asiste a Zanate no solo ve películas: las vive, las discute, las comparte. Cada función se convierte en un encuentro entre la historia y el espectador, un espacio de conversación más que de exhibición. “Creemos en un cine más horizontal y más humano”, afirma Cárdenas. Esa filosofía se siente en cada detalle: en la escala del evento, en la calidez del público, en la relación directa entre creadores y asistentes.

El lema de esta edición, “Amamos los documentales”, resume el espíritu del festivalcomo una declaración de principios. En tiempos donde el ruido mediático domina, Zanate apuesta por la escucha, el diálogo y la profundidad, reivindicando el cine como un acto colectivo de memoria y transformación.
El Festival Zanate se ha convertido en un poderoso motor cultural y turístico para Colima. Cada noviembre, visitantes de todo el país, cineastas, estudiantes, periodistas, viajeros y más de un desprevenido, llegan a la capital colimense para vivir una semana donde el arte y la hospitalidad se entrelazan.
Las proyecciones en espacios públicos, los talleres, las charlas y los encuentros comunitarios han generado un flujo cultural que beneficia a restaurantes, hoteles y comercios locales. Pero sobre todo, han posicionado a Colima como un destino donde la cultura tiene rostro humano: cercano, amable, con una energía que contagia.
Al cumplir su mayoría de edad, Zanate se enfrenta al reto de mantener su frescura sin perder su esencia. No busca crecer en números, sino en significado. Su apuesta está en la formación, en las residencias, en las exhibiciones itinerantes y en seguir tejiendo una red que acerque el documental a nuevos públicos.
“Zanate ya no es solo un festival; es una marca cultural”, dice su fundador. Y en efecto, lo es: una marca que representa la autenticidad de Colima, su creatividad, su vocación de encuentro. El documental mexicano, por su parte, sigue enfrentando desafíos: la distribución, las ventanas limitadas, la sustentabilidad. Pero mientras existan espacios como Zanate, esas historias seguirán encontrando un público que las abrace.
