Florería Rossinna: Non solo fiori
Tiempo de lectura: 6 minutosLa boutique expande su trayectoria como un lienzo donde se cuentan historias
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La boutique expande su trayectoria como un lienzo donde se cuentan historias
Leticia está frente al mostrador y mueve las manos sobre algunas flores, como un baile suave. Observa la florería y recuerda a los hijos que crecieron mientras hacían arreglos florales, los días difíciles, los pasos de generaciones de clientes y los años que se han ido acomodando detrás de cada ramo. “Creo que nunca me di cuenta que habían pasado ya, veintiocho, sí creo que ya veintiocho años”. Ella recorre la florería casi de memoria, con el cuerpo puesto en el oficio que no sabía que haría.

“Yo me di cuenta de que era una forma muy linda de ayudar a los clientes a través de estos maravillosos seres vivos a enviar mensajes porque justamente es lo que son, son mensajeras”. El primer destello no era un plan de negocios, sino clientes que llegaban con algo que decir. Una flor podía cargar ese mensaje. Podía llegar a una casa, a una oficina, a una boda, a una puerta cerrada, en donde las palabras no lograban salir. Leti recuerda que eso fue lo que la sostuvo en días dificiles: “de inicio saber que podía ayudar a mi cliente a comunicarse me enganchó, esto fue realmente por lo que me quedé tanto tiempo”.
Florería Rossinna, como la humedad, entrando de apoco, armando una forma de nacer. El mostrador se abrió primero en San Jacinto. Leticia recuerda el consultorio de su esposo y cómo la florería fue ocupando el lugar hacia adentro: “Yo empecé en la calle, o sea el consultorio de mi esposo estaba ahí, conseguí un permiso en ayuntamiento como puesto semifijo, inicié con un toldo todo mal hecho, entrando y sacando flores”. “Él no estaba en el consultorio, él se la pasaba todo el tiempo en el hospital, entonces yo como la humedad me fui metiendo hasta que me quedé con todo el departamento”. La imagen permanece porque explica el crecimiento real del negocio: una mesa más, más flores, más cubetas, más clientes, más espacio tomado por el trabajo de cada día.
“Nadie mencionaba que podía ser un buen negocio sabes, nunca lo concebí así”. Ella probaba, compraba flores distintas a la mayoría, escuchaba qué pedían los clientes, observaba cuánto duraba cada una de las especies. Cerca del local había otras florerías donde se vendían rosas, aves del paraíso, gerberas, alstroemerias, crisantemos. Pero Rossinna llevaba otras variedades, otras mezclas y otros precios. “Mientras se vendían diez pesos una rosa en la zona yo la vendía en veinte o en veinticinco. Fue aprendiendo ese idioma donde las palabras no se expandían tanto como la presencia de un aroma, revivir en el momento justo y ser irrepetible.
En esta primera etapa apareció un libro que lo cambio todo. La Guía completa de arreglos florales, de Jane Packer. Las composiciones, recipientes, proporciones, alturas y ocasiones le dieron un breve diccionario que fue completando con los sentidos, con las manos y con la mirada puesta en cada detalle, hasta convertir el taller que ahora reposa en Av. Ignacio L. Vallarta 3143, esquina con Calle Tequila.


“ahí empecé a mirar diferente”. Las flores dejaron de acomodarse únicamente por intuición. Empezaron a pensarse por color, por caída, por tamaño, por recipiente, por duración, por el tipo de mensaje que debían llevar. La idea se encontró con una técnica. El oficio empezó a tener mesa, libro, prueba, repetición. Y la familia un plan de seguir. ‘’En realidad el nombre es de mi hermana, ella es la que ha acompañado hasta hoy’’
Las mudanzas comenzaron a llegar, pero la florería siguió un tiempo en San Jacinto. Durante una etapa sostuvo los dos locales: “Me cachaba que invertía cuatro horas en ir y venir porque iba dos veces en el día entonces el tráfico subió y ya no puede hacer esto”.
Es ahí donde Av. Vallarta empezó a cobrar sentido. Ella vio el espacio, preguntó, recibió una negativa, pero insistió. Tocó la puerta y resultó que la administradora la reconoció: “resulta que la administradora, que aún sigue, le había hecho su arreglo de novia”. Una boda de años atrás le ayudó a abrir la siguiente etapa.
El local era grande, había patio, cuarto de almacenaje y espacio para imaginar y crear talleres para sus clientes que poco a poco se convertían en familia. En ese lugar, Florería Rossinna empezó a distinguirse por la flor que compraba. “Siempre tratamos de buscar la mejor calidad que podamos conseguir con nuestros recursos”. Esa decisión se tomó con una frase de un cliente: “es que sus flores duran mucha señora”.

Cerca del local había otras florerías donde se vendían rosas, aves del paraíso, gerberas, alstroemerias, crisantemos. Pero Rossinna llevó otras variedades, otras mezclas y otros precios. “Mientras se vendían diez pesos una rosa en la zona yo la vendía en veinte o en veinticinco”. Con el tiempo, llegaron historias de terror. Una mujer llegó para pedir flores destinadas a otra persona y le dictó un mensaje incómodo. “De ahí aprendimos a no hacer tarjetas a mano”. Se entregó el arreglo, pero la destinataria preguntó quién lo enviaba. Más tarde llegó a la florería contando que un sinvergüenza era el causante de todo. Con la experiencia de Florería Rossinna, la privacidad se convirtió en una pieza fundamental para que los mensajes lograran su efecto.
La formalidad fue fundamental para sostener esa trayectoria y para que la gente confiara: “Tuve puntos de venta de cuando nadie me compraba ninguna flor”. La pandemia llego y ahí Leti no se rindió, pues la buscaron las tiendas en línea. La primera en surtir a las 3 apps más importantes de flores a domicilio. Enviaflores.com, Flordeco.com, Daflores.com. En fechas fuertes, el fax soltaba pedidos sin pausa. La tienda atendía los propios y los de otros. “Estuvo un momento en la tienda que fuimos cuatro florerías en una y era muchísimo trabajo”.
Había que recibir setenta, ochenta, cien órdenes; entregas, catálogos, comisiones, flores compradas para cumplir diseños que no siempre pertenecían a la esencia de Rossinna. Al principio era volumen. Después empezó a ser desgaste. “Tenía que comprar 10 para poner 4 y entonces las otras 6, pues no había negocio”.
Pero también durante este mismo periodo de la pandemia, la florería pasó tiempo cerrada y fue el momento para conectar, reinventarse y florecer. Leticia se conectó a cursos, talleres y webinars. Escuchó a floristas de otros lugares, miró trabajos distintos, conoció propuestas de eventos y otras maneras de hacer. De esa etapa salió una frase que ahora ordena su forma de atender: “aprender a decir no, no es mi estilo’’.
En 2019 cerro el capítulo que había iniciado a Leti a ser la florista que hoy es, San Jacinto. La mudanza terminó por consolidar una transición de la florería hacia la boutique, el taller y la producción de atmósferas de lujo y calidad. “Tuve que cerrar San Jacinto porque como no teníamos tanto proceso ni teníamos alguien que se fuera y que pudiera comenzar a trabajar como nosotros desde allá”. La florería actual se convirtió en algo menos disperso, más consciente de sus procesos, más atenta a lo que sí podía sostener.
Ahora, el futuro de Florería Rossinna expande su calidad hacia la proyección de un estilo propio. Leticia sigue observando escuelas florales, materiales, formas de empaque, ramos de mano. “La escuela rusa es hermosa pero los coreanos son divinos”. La florería se mueve entre lo personalizado, lo ecológico, lo práctico y lo estético.
Por ejemplo, el florero origami, importado de China en 2024, está listo para ofrecerse. Llega abierto y hay que armarlo. “Se requiere cierta habilidad manual para hacer los pliegues”. Leticia explica que lo han probado durante dos años, que conserva bien las flores: “hace que las flores se conserven muy bien, cero mantenimiento y entonces es un estilo Rossinna”.
Desde ahí, Leticia cree que Florería Rossinna todavía tiene muchas historias por contar. Ahora quiere experimentar más con pliegues, empaques, ramos de mano, referencias coreanas y flores que duren. La flor sigue siendo mensajera; Rossinna sigue siendo el lienzo donde se cuentan historias.
