Somos monstruos, Frankenstein, la nueva película de Guillermo del Toro
Tiempo de lectura: 3 minutos Frankenstein, la nueva entrega de Guillermo del Toro, es la más dolorosa, política y hermosa reinterpretación de la novela de Mary Shelley.
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Nos levantamos, andamos entre otros animales, olisqueamos a los pies de la cama y despertamos al monstruo. Frankenstein, la nueva entrega de Guillermo del Toro, no es una adaptación más: es la más dolorosa, política y hermosa reinterpretación de la novela de Mary Shelley. Una obra que no teme mirar a los ojos a su creador, ni a nosotros.
Desde sus primeras escenas, el filme indaga en el fracaso moderno: en la búsqueda desmedida de la vida eterna, en la avaricia que disfraza al conocimiento como salvación. Tal como Silicon Valley, altos mandatorios, científicos y empresarios exploran las posibilidades del ego compartiendo bisturí.
Víctor Frankenstein, interpretado con furia contenida por Oscar Isaac, no es sólo un doctor: es un espejo grotesco de nuestros tiempos, donde fluyen cócteles de vitaminas en trasfusión por venas de influencers en Holywood. Del Toro no lo presenta como villano ni héroe, sino como el verdadero monstruo que ha habitado siempre en esta historia. El que se adjudica el poder de Dios sin aceptar la oscuridad humana.


El diseño sonoro es clave: la criatura no ruge, murmura. Los espacios no hablan, guardan secretos. La música, crea un baile de barones y condesas, refuerza la época donde la ciencia se apoderó de modernidad. Como si estuviéramos en un mundo mágico con entrada a la realidad base. Es en esa tensión, entre la ingenuidad y la rareza, es donde habita el alma de Frankenstein.
La estética visual, como es costumbre en Del Toro, es un espectáculo en sí misma. Pero aquí no hay ornamentos y lujos al azar: los tonos húmedos, verdosos, nos devuelven al origen de la vida. Los trajes de Elizabeth (Mia Goth), una figura que parece escapada de un invernadero. Ella no es un accesorio estético, sino vínculo, puente entre el horror y la ternura. Una orquídea entre la maleza de un baldío.


La película respira con dificultar, como un cuerpo lleno de cicatrices. Entre cada diálogo se cuela una crítica afilada a la cultura occidental: a su obsesión por el control, a su necesidad de nombrar como «monstruo» todo lo que no puede domesticar.
Víctor y su criatura se vuelven uno. Como decía Byung-Chul Han al recibir el Premio Princesa de Asturias 2025: “El ser humano se convierte en esclavo de su propia creación.” Aquí, el monstruo ya no es ente: es una parte que negamos de nosotros mismos.
Y entonces, en el cine, ese espacio de luces y sombras vuelve a ser el lugar donde podemos mirar nuestra miseria humana sin distracciones. Del Toro, gordo, tierno y brutal, no le habla al público: le grita a Hollywood, a Dios y a Shakespeare. Pero también nos susurra:
¿Y si el humano es el verdadero monstruo aquí?